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Una historia de Sergio Mañón
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Ha terminado el tercio de varas. El picador abandona lentamente el ruedo mientras el matador entrega el capote y se acerca a las tablas. En el callejón comienza otro movimiento. Los hombres de plata toman los palos, comprueban los terrenos y uno de ellos sale a encontrarse con el toro.
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La plaza también cambia de ánimo
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Después de la dureza del encuentro con el caballo llega uno de los momentos tradicionalmente más ágiles y vistosos de la corrida. Un buen par tiene la capacidad de levantar al público: el hombre que provoca la arrancada, la carrera medida, la reunión ajustada, los brazos arriba, el cuerpo entre los pitones y, finalmente, una salida limpia que deshace en apenas unos segundos toda la tensión del encuentro.
Pero mientras buena parte de la plaza tiene los ojos puestos en el banderillero, hay alguien que debería estar mirando fundamentalmente al toro.
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El matador
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Porque durante esos minutos que separan el caballo de la muleta el animal está mostrando su condición. Y hay que saber verla.
Gregorio Corrochano consideraba la suerte de banderillas como un tránsito entre la suerte de varas y la de matar, las fundamentales de la lidia. La definía como una suerte de mayor adorno que eficacia, ágil, airosa, ligera, variada y artística. Pero en su explicación dejó también una de las claves que mejor permiten comprender su importancia: hasta entonces el lidiador se había amparado en un capote y el picador en un caballo; ahora, el banderillero se presenta ante el toro a cuerpo limpio.
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No hay tela que perseguir. Hay un hombre
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Y si para Corrochano el mérito de la suerte estaba en la brevedad, la limpieza y la pausa de la reunión, para quien observa al toro existe además otra posibilidad: descubrir qué hace cuando llega hasta ese hombre. Cómo arranca, cómo realiza el viaje, cómo llega a la reunión, si derrota, si se vence hacia alguno de los lados, si corta el terreno, cuánto persigue y qué hace después de haber sido burlado.
Mucho antes, las viejas tauromaquias ya habían intentado ordenar técnicamente aquel encuentro. Francisco Montes, Paquiro, estableció en su Tauromaquia completa, de 1836, cinco formas de ejecutar la suerte, dentro de una concepción estrechamente relacionada con los terrenos y las condiciones del toro. Seis décadas después, Rafael Guerra, Guerrita, recogió aquella tradición y amplió considerablemente el repertorio hasta enumerar nueve.
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Pero quizá no sea tan importante saber si fueron cinco o nueve como comprender por qué fueron necesarias distintas maneras de banderillear.
Porque no todos los toros son iguales.
Unos arrancan con prontitud y otros esperan. Algunos persiguen hasta el final mientras otros se vencen, cortan el viaje o buscan determinados terrenos. Y por ello las distancias, la forma de citar, el momento de llegar a la cara y la manera de encontrar la salida deben responder a las condiciones del animal.
Ahí aparece una diferencia que muchas veces pasa inadvertida: una cosa es poner banderillas y otra muy distinta lidiar banderilleando.
Y para esto último hace falta una cuadrilla.
Mientras uno de sus hombres lleva los palos, otro tiene que colocar al toro. No se trata de darle capotazos hasta conseguir que permanezca aproximadamente en el sitio deseado. Cada lance debería tener una finalidad. Los necesarios y los menos posibles, procurando evitar carreras inútiles, pasadas en falso y acciones que puedan resabiar al animal y generar dificultades que después aparezcan en la muleta.
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También importa hacerlo por ambos lados cuando las condiciones lo permiten. El toro puede responder de manera diferente por cada pitón y mostrar dificultades que hasta entonces permanecían ocultas. Por eso cada entrada constituye también una oportunidad para conocerlo un poco más.
Y mientras todo esto ocurre, junto a las tablas permanece el hombre que dentro de unos minutos tendrá que tomar la muleta.
José María Esteban, en El libro de la tauromaquia, señala precisamente la importancia de que el matador permanezca atento durante el tercio a las reacciones del toro y a los cambios que puedan apreciarse en su conducta desde el tercio anterior.
Después del caballo, el toro puede haber cambiado.
Ahora el matador puede comprobar cuánto conserva de su prontitud, cómo responde al cite, hasta dónde persigue, si mantiene la fijeza, si comienza a desarrollar alguna querencia y si existen diferencias entre uno y otro pitón. Información que unos minutos después puede ayudarle a decidir terrenos, distancias e incluso por dónde comenzar la faena.
Porque la lidia no está formada por episodios independientes.
El toro que llega a la muleta lleva ya una historia. Ha salido de toriles, ha encontrado los primeros capotes, ha acudido al caballo, ha pasado por el tercio de varas, ha cambiado de terrenos y se ha enfrentado después a los hombres que llegaron hasta su cara con un par de banderillas en las manos.
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Nada de esto significa que cualquier dificultad que aparezca posteriormente pueda atribuirse al segundo tercio. Sería injusto hacerlo. Significa simplemente que la manera de lidiar al toro durante esos minutos importa.
Y quizá sea precisamente esa conciencia la que hemos ido perdiendo.
En una época en la que una parte de la afición advierte una progresiva devaluación del toro y, con ella, de la propia fiesta; en la que tantas veces contemplamos animales con una fuerza limitada —aunque existan, por supuesto, honrosas excepciones—, el tercio de banderillas parece haber sufrido también las consecuencias.
Tres pares porque hay que ponerlos. Carreras precipitadas, capotazos innecesarios, ventajas para llegar a la reunión, banderillas caídas o mal colocadas y cierta urgencia por terminar cuanto antes para que aparezcan la muleta y el matador.
Y así, poco a poco, pueden desaparecer precisamente las cualidades que durante siglos dieron sentido a esta suerte: la capacidad de lidiar, el conocimiento de los terrenos, el riesgo de enfrentarse al toro a cuerpo limpio, la posibilidad de descubrir su condición y, por supuesto, la belleza de una ejecución limpia.
Quizá recuperar la importancia del tercio de banderillas no signifique concederle un protagonismo que nunca pretendió tener. Tal vez bastaría con devolverle su sentido. Que cada capotazo vuelva a tener una razón. Que cada par responda al toro que se tiene delante. Que el banderillero vuelva a lidiar mientras banderillea y que el matador observe desde las tablas aquello que el animal le está mostrando.
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Porque cuando el tercer par queda colocado y el hombre de plata busca nuevamente el callejón, todavía queda mucho por suceder. El matador toma la muleta y la espada y comienza a caminar hacia el centro del ruedo.
La plaza espera la faena, pero el toro ya ha mostrado parte de su condición. Ha enseñado cómo arranca, cómo persigue, por dónde presenta mayores dificultades y cuánto conserva de aquella acometividad con la que salió de toriles.
Tal vez el problema sea que hemos dejado de mirar todo eso.
Hemos aceptado demasiadas veces que las banderillas sean apenas un trámite entre el caballo y la muleta. Tres pares que hay que colocar porque así lo exige la lidia, aunque se haga deprisa, sin limpieza, sin eficacia y, demasiadas veces, sin emoción. Y cuando una suerte pierde su sentido, termina perdiendo también su belleza.
No se trata de añorar otro tiempo ni de pretender que cada tercio levante a la plaza. Se trata de recordar que la corrida está hecha de detalles y que ninguno debería ser prescindible. Porque la grandeza de la tauromaquia nunca estuvo solamente en la faena que termina en triunfo, sino también en todo aquello que fue necesario hacer bien para que esa faena pudiera existir.
Por eso, cuando vuelvan a salir los hombres de plata con los palos en las manos, quizá convenga mirar un poco más.
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Mirar al banderillero que se juega el cuerpo sin más defensa que su conocimiento de los terrenos. Mirar al peón que debe lidiar sin desperdiciar un solo capotazo. Mirar al matador que espera junto a las tablas.
Y, sobre todo, mirar al toro.
Porque mientras todavía existan un toro capaz de embestir y un hombre dispuesto a esperarlo a cuerpo limpio, el tercio de banderillas podrá seguir teniendo aquello que nunca debió perder: sentido, riesgo, emoción y belleza.
Y quizá sea precisamente ahí, en esas suertes que algunos han terminado considerando menores, donde debamos comenzar a recuperar la grandeza de la lidia.
Porque cuando se devalúa la lidia, no se pierde solamente una suerte. Poco a poco, par a par, se nos puede ir también la fiesta.
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