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Crónica de Antonio Lorca
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Sevilla. Plaza de La Maestranza. 17 de abril. Séptimo festejo de abono de la Feria de Abril. Lleno de no hay billetes. Toros de Domingo Hernández, muy justos de presencia -el quinto, anovillado-, mansos, muy blandos, descastados y nobles.
Alejandro Talavante: Silencio y silencio.
Roca Rey: Silencio y oreja.
Pablo Aguado: Silencio y vuelta al ruedo con dos avisos. Pasó a la enfermería tras una voltereta y se le apreció un varetazo en la cara posterior del muslo derecho, de pronóstico leve.
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Orden de lidia -sorteo-
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Detalles
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- Roca Rey paseó una generosa oreja del toro con más movilidad de una corrida justa de presencia, muy mansa y descastada de Domingo Hernández
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El Festejo
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Un acontecimiento como el que este jueves protagonizó Morante deja el cuerpo roto, agotado, tan noqueado como estaba el propio toro que le sirvió de figurante en su obra magna.
No está el alma humana preparada para un bombardeo de emociones tan intensas e inesperadas. Los misterios vividos se erigen en enemigos del sueño y se empeñan en revolotear en la cabeza sin ánimo de abandono.
Y son egoístas y malvados porque te quitan las ganas de volver a la plaza para pisar de nuevo la realidad, tantas veces destemplada; pero hay que hacerlo para honrar a los demás toreros, héroes humanos que no tienen culpa de compartir sus fantasías con un artista que no es de este mundo.
Un día más, hoy viernes de preferia, la plaza de La Maestranza luce radiante, bellísima, y abarrotada de gente más interesada en disfrutar con los recuerdos que con la esperanza del presente.
Hay que seguir, a pesar de que el corazón reclame su derecho, pero la pregunta se extiende por los tendidos: ¿se puede torear después de lo de Morante? Sí, se puede; de otro modo, claro, con unas formas más terrenales y menos mágicas, pero se puede.
Hoy se pudo poco, ciertamente.
Es verdad que los toros de Domingo Hernández no cumplieron con su deber: muy deficientes en presentación y con exceso de comodidad en sus cabezas. Eso, por fuera, y en sus entrañas encerraban una mezcla de mansedumbre, sosería y total ausencia de casta —la suerte de varas fue de nuevo un simulacro—, que no contribuyó en modo alguno a que se hiciera presente el lucimiento. Curiosamente, los defectos de los toros se contagian con frecuencia a sus matadores.
Así, el animal que abrió plaza, desganado y amuermado, compitió en apatía con Talavante, que anduvo por la plaza como quien debe cumplir un horario. Citó siempre fuera de cacho, y toda esa primera labor estuvo presidida por la tristeza.
Manso y blando, también, el cuarto, en el que sonaron los clarines para el inicio del último tercio y no había sucedido nada. Tampoco después a pesar de que el torero esbozó alguna sonrisa forzada. El toro repetía con mejor son, pero Talavante no fue capaz de hacer amistad con su oponente, y toda su labor resultó insípida y sin gracia. Miró el reloj con frecuencia (eso parecía, al menos), y acabó con el traje impoluto.
Roca Rey, por su parte, paseó la oreja de su segundo porque es un torero animoso, decidido y batallador, y porque este público de Sevilla cada vez se conforma con menos. No fue faena de premio ni por su contenido ni por la estocada final atravesada.
Fue ese el animal que más se movió y permitió que el diestro peruano luciera su repertorio, acelerado y escaso de hondura, pero de gran conexión con los tendidos. Algún muletazo suelto resultó meritorio en un conjunto carente de armonía.
De algún modo hizo olvidar el toreo superficial y hueco que desplegó ante su primero. Muchos muletazos y ninguno queda ya en la memoria. Sonó la música en los inicios de su labor, y calló pronto presa del aburrimiento general.
Con Aguado, en cambio, hubo esperanza de que el misterio volviera a La Maestranza. Un quite a la verónica en el primer toro de Roca fue un prodigio de naturalidad, y otro, en su primero, por chicuelinas, un monumento a la suavidad, pero ahí acabó la alegría.
El toro huía de su sombra, de modo que Aguado no toreó, sino que persiguió a su oponente por toda la plaza entre la desesperación general. La mansedumbre hace que los animales añoren la dehesa.
Y apareció el sexto, manso como todos, ni fu ni fa en el caballo ni en banderillas, pero fue acoplándose con el torero en el tercio final, de menos a más, aunque soltando la cara en los muletazos iniciales, de modo que hubo mucho trasteo, pero poca hondura. No acababa Aguado de encontrar el modo de levantar la faena.
Pero he aquí que llegó el milagro de una voltereta sin consecuencias —gorda, porque lo levantó del suelo y dio la impresión de que lo había calado en un muslo— y cambió el panorama.
Las mejores pinceladas surgieron entonces, muy jalaedas por un público conmovido por el porrazo; alargó la faena en demasía y hubiera cortado la oreja si no suenan dos avisos antes de la caída final de toro.
En fin, que el toreo bajo a la tierra y pasó lo que podía pasar…
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- Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País
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Galería
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