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Crónica de Antonio Lorca
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Sevilla. Plaza de La Maestranza. Tercer festejo de la Feria de San Miguel. 26 de septiembre. Lleno de ‘no hay billetes’.Toros de Jandilla, justos de presentación, mansurrones, muy nobles, justos de fuerza y de casta; colaboradores ideales para el toreo actual.
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Orden de lidia -sorteo-
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Emilio de Justo: Oreja y ovación.
Roca Rey: Silencio y oreja.
Pablo Aguado: Dos orejas y oreja con aviso. Salió a hombros por la Puerta del Príncipe.
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El Festejo
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- El diestro sevillano cortó tres orejas tras un alarde de naturalidad; De Justo y Roca Rey pasearon una oreja cada uno de una corrida justa de presentación, bravura y casta
Pablo Aguado enamoró a Sevilla (más bien, la embaucó) y salió a hombros por la Puerta de Príncipe sin todos los méritos necesarios para ello; quizá, porque necesitó tres descabellos para matar al sexto y escuchó dos avisos, quizá, también, porque sedujo a los tendidos con un toreo basado en los adornos y sin que brillara el toreo al natural en sus dos toros. Pero salieron contentos el torero y el público, que no es mala cosa en los tiempos que corren.
Aguado recordó aquel 10 de mayo de 2019, con dos toros también de Jandilla, cuando cortó cuatro orejas y dejó con la boca abierta a La Maestranza con un toreo basado fundamentalmente en la naturalidad.
Esa ha sido su arma de seducción siete años después: erguida la planta, muleta por delante, no permitir que el toro toque el engaño, y dibujar, ese es el verbo correcto, muletazos preñados de embrujo, de empaque y de buen gusto.
Todo comenzó con unas verónicas atropelladas a su primero, al que De Justo quitó por chicuelinas y el animal se dio una voltereta que hizo temer los peores augurios. Cómo sería el batacazo que De Justo desistió y hasta le pidió disculpas a su compañero.
Pero instantes después se hizo el milagro no sin que después de un par de muletazos por alto el toro volviera a hundir los pitones en el albero. Y comenzó el recital: tres derechazos desbordantes de temple y armonía, otra corta tanda de ligazón artística, tres muletazos más cuando la plaza entera ya crujía de emoción.
Por la izquierda, solo un kikiriki glorioso y un largo de pecho. Un circular con la mano derecha y un molinete garboso precedieron a una estocada baja y al premio de las dos orejas, enardecido por la muerte del animal en el centro del ruedo.
La Maestranza estaba sobrecogida, conmovida y enamorada del artista y su obra.
Tenía que cortar una oreja del sexto, sí o sí, para salir a hombros por la Puerta del Príncipe. Y Aguado salió animoso y decidido como nunca se le ha visto. Con un manojo de bellas verónicas recibió a su oponente.
Iván García se lució con las banderillas, y, muleta en mano, el sevillano, con la plaza entera empujando y meciendo como si Aguado fuera un paso de palio, se dispuso a volver a las andadas, a la naturalidad creativa que le había hecho grande instantes antes.
El toro no era el mismo, más apagado, con menos celo, pero sí el hombre. Hubo más adornos que muletazos largos y templados; ayudados, molinetes, largos de pecho, cambios de manos y un garboso abaniqueo final… Y La Maestranza continuaba embelesada.
Llegó el momento de la verdad, la espada cayó atravesada, el toro tardó en morir, barbeó las tablas, necesitó Aguado tres descabellos y escuchó dos avisos.
Pero los tendidos se poblaron de pañuelos blancos, y el presidente que se resistía a sacar el suyo, claudicó tras una espera que se hizo eterna.
Es evidente que Aguado no merecía esa oreja del sexto toro, pero el público de hoy es el que es. Es evidente que la corrida de Jandilla no fue un dechado de bravura, ni de casta ni de fiereza, pero es el toro extremadamente colaborador que gusta a los toreros y a los espectadores.
Emilio de Justo llegó a Sevilla dispuesto a sorprender, y el primer sorprendido fue él. Recibió a su primero junto a las tablas con lances a una mano, y al cuarto o al quinto, con la gente ya metida en faena y el torero confiado, el toro acortó la distancias, lo arrolló, lo derribó y con buscó junto al estribo. Fueron instantes de serio peligro que, por fortuna, acabaron solo con unas magulladuras en el rostro.
A su oponente le faltó empuje y celo, pero el torero puso todo su interés y trazó varias tandas de naturales hondos hasta que el animal dijo que su ánimo se había agotado. Una oreja fue el premio a su afanosa actitud. El cuarto, muy soso, se rajó después de que De Justo se luciera en un par de buenas tandas con la mano derecha.
Y cerraba el cartel Roca Rey, que se encontró en primer lugar con un toro cómodo de cara, como toda la corrida, que se afligió demasiado pronto; brindó al respetable el quinto, inició su labor muleteril de rodillas con pases cambiados por la espalda acompañados por la música. Pero no hubo más porque el toro era la tonta del bote, y el arrimón del peruano no llegó a los tendidos con el clamor requerido.
Tarde de triunfos, de modernos toros colaboradores, y un seductor en la arena.
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- Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País
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