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Crónica de Antonio Lorca
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Sevilla. Plaza de La Maestranza. 16 de abril. Sexto festejo de abono de la Feria de Abril. Lleno de no hay billetes. Toros de Álvaro Núñez, desiguales de presencia; muy justos primero y tercero; anovillado el cuarto, y correctos los demás; mansones en los caballos, blandos, nobles y agotados en el tercio final.
Morante de la Puebla: Silencio y dos vueltas al ruedo. Salió a hombros por la puerta de cuadrillas.
Juan Ortega: Ovación y silencio.
Víctor Hernández: Oreja con aviso y ovación.
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Orden de lidia -sorteo-
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Detalles
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- El torero sevillano perdió los máximos trofeos al pinchar una explosión de improvisada genialidad ante una Maestranza enloquecida; Víctor Hernández paseó una oreja y Juan Ortega pasó sin pena ni gloria.
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El festejo
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Si tuvieron la fortuna de ver la corrida, quédense con lo vivido, con esa misteriosa conmoción colectiva que se apoderó de La Maestranza de la mano de un genio llamado Morante de la Puebla.
Si no la vieron, cierren los ojos y sueñen con una obra desigual, virtuosa, estremecedora, sorprendente, barroca, un alarde de improvisación de un artista que no es de este mundo, capaz de hipnotizar y con una capacidad sobrenatural impropia de la torería actual.
Morante es el dios del toreo sevillano, del toreo de España, del mundo, del universo entero, de donde ustedes quieran, porque es un único y diferente, y hace lo que nadie se le ocurre en su sano juicio.
¿Pero qué es lo que pasó?
Intentar contarlo es una temeridad, pero no queda más remedio.
Salió el cuarto toro; Morante se recuesta en las tablas de la barrera del tendido 5, y allí lo espera con el capote a una mano. El animal, distraído y suelto, pasa por su lado en un par de ocasiones, al tiempo que una sensación extraña comienza a apoderarse de los tendidos.
De pronto, Morante sale a la raya del tercio y torea a la verónica, a trompicones primero, con más templanza después, y surgen dos lances extraordinarios. Suena la música y el éxtasis acaba de comenzar con la plaza en pie.
Tras un paso anecdótico del toro por el caballo, dibuja un quite de nombre desconocido: presenta el capote recogido por delante y se lo pasa por detrás a modo de serpentina.
Suenan los clarines para el tercio de banderillas. Morante pide los palos (¡sorpresa gorda!) y coloca un primer par delantero, pero por derecho; el segundo resulta sencillamente perfecto, y para el tercero…
Para el tercero pide una silla de tijeras al palco de ganaderos, se sienta en ella, cruza las piernas, levanta los brazos y llama al toro. Se levanta con el tiempo justo de clavar un par al quiebro espectacular.
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A estas alturas, la plaza era un manicomio; feliz, muy feliz, eso sí, pero un manicomio incontrolable.
Cuando el sevillano coge la muleta tenía ya los máximos trofeos en las manos. Vuelve a sentarse en la silla, y dibuja tres ayudados por alto de tal guisa que compusieron una película de Rafael El Gallo. Y a partir de ahora, una corriente excelsa de improvisación, de muletazos largos y hermosos y otros enganchados; y un natural completo, redondo, que supuso una lección de la torería más grande.
Cuando se perfiló para matar, la plaza guardó silencio, rezó, imploró que la espada se hundiera en las nobles y sosas carnes del toro, pero no fue así. Ni que decir tiene que las dos vueltas al ruedo fueron apoteósicas; la conmoción fue tal que al final de la corrida quisieron sacarlo a hombros por la Puerta del Príncipe, pero no fue posible a pesar de una larga espera, y en volandas salió por la puerta de cuadrillas.
Dos detalles finales que no deben pasar desapercibidos.
Uno: el toro de Morante era un impresentable novillo, que fue un comparsa durante toda la lidia. Ni siquiera acompañó, ni se tuvo en cuenta su noble sosería. No había más protagonista que Morante, y eso no es.
Y dos: ¡Hay que ver lo bien y mucho que canta Sevilla! Todo, absolutamente todo le parece bonito a este público divertido que lanza olés por doquier sin causa que lo justifique.
El resto de la corría es otra historia.
El primero de Morante, un proyecto de cadáver.
Víctor Hernández cayó de pie por su valor, su entereza, su pundonor y su cabeza lúcida delante de un lote poco propicio. Dibujó pinceladas de buen toreo, solemne a todas luces, en su primero, agotado y noble; y se dio un arrimón en el sexto, que brindó a Morante.
Juan Ortega, por su parte, pasó desapercibido. Recibió al segundo de rodillas en los medios con una larga cambiada, y se le vio dubitativo y atolondrado. El toro desarrolló un punto de casta molesta y el torero no se sintió a gusto en ningún momento, más preocupado de acompañar que de mandar. En el quinto, el público estaba exhausto tras el atracón morantista, y Juan Ortega naufragó ante un oponente sin clase.
Que nadie se extrañe si un día de estos alguien inscribe la religión morantista para rendir culto al torero de La Puebla… Que nadie se extrañe.
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- Antonio Lorca, prestigioso crítico taurino del influyente diario español El País
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Galería
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