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El análisis de Sergio Mañón
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En la historia del toreo mexicano existen nombres que el tiempo conserva intactos. Algunos alcanzaron la gloria después de muchos años de carrera; otros apenas tuvieron oportunidad de comenzar. Sin embargo, hay vidas tan intensas que no necesitan una larga existencia para convertirse en leyenda. Así fue la de Valente Arellano.
Su historia parece escrita por el destino. Fue la de un muchacho que nació para torear, que entendió el arte como una forma de expresar el alma y que encontró la eternidad cuando apenas comenzaba a recorrer el camino de la gloria.
Valente Arellano Salum nació el 30 de agosto de 1964 en Torreón, Coahuila, en el seno de una familia trabajadora, profundamente ligada al campo. Desde niño mostró una inclinación natural por los toros. Mientras otros soñaban con juegos infantiles, él imaginaba plazas llenas, capotes desplegados y la emoción de enfrentarse a un toro bravo.
Los primeros pasos los dio en el campo, entre tientas y becerras, donde comenzó a forjar un estilo que con el tiempo se convertiría en su sello personal. No destacaba únicamente por su valor. Había en él una serenidad poco común para un muchacho de su edad. Caminaba hacia el toro con una seguridad que sorprendía a quienes lo observaban y toreaba con una naturalidad que parecía innata.
Aquellas cualidades fueron creciendo con el aprendizaje en las escuelas taurinas y en las modestas plazas donde comenzó a presentarse. Muy pronto dejó de ser una promesa local para convertirse en uno de los jóvenes más comentados entre los aficionados del norte del país.
El 21 de octubre de 1979 llegó uno de esos días que cambian una vida. En Ciudad Lerdo, Durango, debutó vestido de luces. El joven torero, apenas iniciando su carrera, salió al ruedo con la tranquilidad de quien parecía haber nacido para ese momento. La faena fue limpia, templada y llena de personalidad. Al finalizar, una oreja fue el premio visible; el verdadero triunfo fue haber conquistado al público.
Desde aquella tarde, su nombre comenzó a recorrer las plazas mexicanas. Cada actuación confirmaba que no era un novillero más. Los empresarios empezaron a buscarlo y los aficionados acudían para verlo torear.
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Entre finales de 1979 y mediados de 1982 ocurrió algo extraordinario. Valente emprendió una intensa campaña por las plazas de provincia que terminó por convertirlo en un auténtico fenómeno nacional. El entusiasmo que despertaba se transmitía de boca en boca; bastaba que actuara en una población para que la noticia de su talento llegara a la siguiente. En muy poco tiempo dejó de ser una promesa para convertirse en el novillero del que todos hablaban.
Su carisma, la espectacularidad con la que manejaba el capote y la emoción que imprimía al tercio de banderillas provocaban llenos que parecían reservados únicamente para las grandes figuras. Las plazas se abarrotaban, miles de aficionados quedaban sin poder entrar y las taquillas registraban cifras inéditas para un torero que aún no había recibido la alternativa. Era el nacimiento de un fenómeno popular que muy pronto sería conocido simplemente como la valentemanía.
Los triunfos se multiplicaban tarde tras tarde. Orejas, rabos y salidas en hombros comenzaron a formar parte de una rutina que parecía imposible. Llegó a sumar alrededor de ciento cincuenta novilladas, una cifra extraordinaria que hablaba tanto de su actividad como de la enorme demanda que existía por verlo actuar.
Aquella campaña también forjó rivalidades memorables con otros jóvenes de su generación, entre ellos Manolo Mejía y Ernesto Belmont. Eran duelos intensos, cargados de orgullo y competitividad, que terminaban por encender el entusiasmo del público y engrandecer cada cartel.
No todo fueron triunfos. Su manera de entender el toreo implicaba asumir riesgos que pocos estaban dispuestos a correr. Las cornadas y los fuertes percances comenzaron a formar parte de su historia. Sin embargo, lejos de disminuir su ánimo, cada herida parecía alimentar aún más su vocación y la admiración de los aficionados, que encontraban en él el ejemplo del torero capaz de jugarse la vida en cada tarde.
Cuando finalmente llegó a la Plaza México, en septiembre de 1982, Valente ya no era únicamente un novillero brillante. Era un fenómeno social. Su presentación confirmó todo lo que la provincia llevaba años anunciando y terminó por consagrarlo como la mayor esperanza del toreo mexicano.
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Su concepto del toreo poseía una personalidad inconfundible. No perseguía únicamente la pureza clásica; buscaba emocionar. Con el capote rescató suertes antiguas y les dio una frescura que parecía nueva.
Ejecutaba faroles, chicuelinas, saltilleras y largas cambiadas de rodillas con una facilidad sorprendente, haciendo de cada recibo una auténtica declaración de intenciones.
Si había un tercio donde alcanzaba dimensiones extraordinarias era el de banderillas. Clavaba al cuarteo, de poder a poder o al quiebro con una espectacularidad que levantaba al público de los asientos. Su dominio físico, unido a una temeridad pocas veces vista, convertía cada par en un momento de máxima emoción.
Con la muleta mantenía la misma filosofía. Toreaba muy cerca de los pitones, iniciaba muchas de sus faenas de rodillas y encontraba recursos donde otros solo veían peligro. Al entrar a matar recuperó una de las suertes más difíciles y admiradas: la suerte de recibir, ejecutándola con una serenidad impropia de un torero tan joven.
Pero reducir a Valente únicamente a sus condiciones técnicas sería injusto. Lo que verdaderamente conquistó a la afición fue su forma de ser. Poseía una alegría contagiosa, una sonrisa permanente y una confianza absoluta en sí mismo. Dentro y fuera de la plaza irradiaba energía. Era competitivo hasta el límite, aunque generoso con sus compañeros; sostenía rivalidades intensas en el ruedo, pero era de los primeros en visitar a un colega herido en el hospital.
Su carácter también encontraba reflejo lejos de los toros. Apasionado de la velocidad y de las motocicletas, vivía con la misma intensidad con la que toreaba. Parecía incapaz de entender la vida sin asumir riesgos, como si desde muy joven hubiera decidido que cada instante debía vivirse al máximo.
En 1984, con cerca de ciento cincuenta novilladas en su trayectoria y después de haberse convertido en matador de toros apenas unos meses antes, todo hacía pensar que el futuro le pertenecía. Muchos especialistas lo señalaban como el hombre destinado a mandar en el toreo mexicano durante las siguientes décadas. Nadie imaginaba que la historia estaba a punto de detenerse.
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El 4 de agosto de 1984, en Torreón, un accidente de motocicleta terminó con su vida cuando estaba próximo a cumplir veinte años. La noticia estremeció al país taurino. No solo desaparecía un torero excepcional; se apagaba una ilusión colectiva. México perdía a quien muchos consideraban el relevo natural de las grandes figuras y la Fiesta Brava quedaba huérfana de un ídolo que apenas comenzaba a escribir sus mejores páginas.
Quizá por eso su recuerdo permanece tan vivo. Porque nunca llegó el tiempo de verlo envejecer ni de conocer el inevitable declive que toda carrera termina enfrentando.
La muerte lo dejó suspendido para siempre en el instante de la juventud, del triunfo y de la esperanza. Como ocurre con las grandes leyendas, el tiempo no ha logrado borrar su imagen; al contrario, la ha engrandecido.
Valente no solo dejó una interminable colección de triunfos. También legó una forma distinta de entender el toreo. Su creatividad dio origen a un lance propio, la valentina, recuperó suertes que parecían olvidadas y devolvió emoción a una época en la que la afición necesitaba volver a ilusionarse. Su influencia sigue presente en quienes buscan el valor, la entrega y la autenticidad como esencia del arte taurino.
Porque hay toreros que llenan plazas, otros que conquistan trofeos y unos cuantos que marcan una época. Valente Arellano consiguió algo todavía más difícil: conquistar la memoria. Más de cuatro décadas después, su nombre continúa pronunciándose con respeto, admiración y nostalgia. Mientras exista un aficionado capaz de emocionarse al recordar aquella sonrisa desbordante, aquel valor sin medida y aquella manera irrepetible de interpretar el toreo, Valente seguirá vivo. No únicamente como una promesa truncada, sino como una de las leyendas más luminosas que ha dado la tauromaquia mexicana.
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- Les recordamos que el calendario de los festejos de los TorosenelMundo, lo hallarán aquí en nuestra sección de Calendario
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