El análisis de Sergio Mañón… Un día de toros en Las Ventas
Opinion

El análisis de Sergio Mañón… Un día de toros en Las Ventas

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El análisis de Sergio Mañón

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Frente a la Plaza de Toros de Las Ventas siempre se siente lo mismo: una emoción antigua que aprieta el pecho antes incluso de cruzar sus puertas. El día de toros empieza mucho antes de que salga el primero al ruedo.

Empieza por la mañana, cuando Madrid despierta distinta. Más lenta. Más densa. Como si la ciudad supiera que esa tarde algo importante puede ocurrir. Especialmente durante la feria de San Isidro el ambiente cambia desde temprano.

El desayuno se hace despacio mientras se leen las previas del cartel.

Por mi parte repaso una y otra vez los nombres de los toreros y de la ganadería, imaginando cómo puede desarrollarse la tarde. Pienso si habrá viento, en el estado de los toros, en la presión de Las Ventas. Aquí nada se regala. Aquí una ovación vale de verdad porque nace de un público que sabe y exige.

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En los bares cercanos a la plaza flotan conversaciones taurinas desde media mañana. Hombres mayores apoyados en las barras hablan de faenas antiguas, de toreros heridos, de tardes históricas que todavía siguen vivas en la memoria.

Suenan risas, discusiones apasionadas y el eco lejano de un pasodoble escapando de algún bar. El aire huele a tabaco, cerveza fría y verano madrileño. Escucho discusiones apasionadas sobre bravura y temple mientras vendedores ambulantes ofrecen almohadillas y programas de mano.

Horas antes de la corrida al caminar por la calle Alcalá, a medida que la plaza aparece al fondo, enorme y rojiza, noto cómo crece dentro de mí una mezcla de nervios y respeto. Nunca me acostumbro a verla. Las Ventas tiene algo solemne, algo que impone silencio incluso en medio del ruido de Madrid.

Antes de entrar me detengo unos minutos a observar a la gente. Me emociona pensar que muchos sienten lo mismo que yo: esa esperanza íntima de asistir a algo irrepetible. Porque una tarde de toros puede ser mediocre, olvidable incluso, pero también puede convertirse en uno de esos momentos que permanecen para siempre en la memoria.

Cruzo finalmente las puertas de la plaza y el ruido de fuera desaparece poco a poco. Dentro todo cambia. El olor de la arena caliente, la piedra antigua de los tendidos, el humo de los puros y la luz cayendo sobre el ruedo me envuelven de inmediato. Subo lentamente las escaleras hasta mi asiento y me quedo mirando el ruedo vacío mientras la plaza empieza a llenarse.

Hay algo profundamente humano en estos minutos previos. Miles de personas esperando juntas, compartiendo ansiedad, ilusión y silencio. Algunos ríen. Otros discuten. Yo apenas hablo. Prefiero mirar y sentir cómo crece la tensión.

Entonces suenan los clarines.

Y se me eriza la piel.

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El paseíllo avanza solemne bajo la mirada de toda la plaza. Mientras veo caminar a los toreros pienso en el miedo que deben llevar dentro, aunque ninguno lo muestre. Pienso en el orgullo, en la presión, en el riesgo real que existe detrás de cada gesto elegante.

Y entonces sale el primer toro.

En ese instante desaparece todo lo demás. Ya no existe Madrid, ni el tiempo, ni nada fuera de la plaza. Solo existen la arena, el toro, el hombre y aquella emoción colectiva imposible de describir del todo.

Observo cada detalle con intensidad: la manera de embestir, la fuerza del animal, el modo en que el torero intenta someterlo con el capote.

Hay tardes en las que la plaza permanece fría, silenciosa, casi cruel. Las Ventas puede ser durísima. Un error aquí pesa más que en ningún otro sitio.

Pero de pronto, a veces, ocurre algo extraordinario.

Un natural perfecto, como el de Fortes, eterno, de esos que no terminan nunca.

Una tanda ligada con verdad.

Un momento en que toro y torero parecen entenderse en medio del peligro.

Entonces nacen los olés.

Esos olés que atraviesan todo el cuerpo. Empiezan despacio y terminan envolviendo toda la plaza. Durante unos segundos dejo incluso de analizar; simplemente me abandono a la emoción. Veo cómo la gente se incorpora poco a poco, cómo el ruido crece, cómo la faena se convierte en algo colectivo.

Hay ocasiones en que también hay silencio. Silencios durísimos. Porque una mala tarde en Las Ventas pesa muchísimo. Aquí nadie regala una ovación.

Y cuando llega una gran estocada, miles de pañuelos blancos aparecen agitándose bajo el cielo de Madrid. Se escuchan gritos, aplausos, discusiones, y hay una emoción difícil de explicar, una mezcla extraña de belleza, tristeza y admiración.

Y ahí, en medio de aquella multitud, se siente que acabas de presenciar algo profundamente verdadero, algo que mezcla arte, tragedia y vida.

Al terminar la corrida no me voy enseguida. Salgo despacio entre la multitud mientras continúan las conversaciones sobre cada detalle de la tarde. En los bares cercanos se revive una y otra vez la faena, el quite, el fallo o la gloria.

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Y mientras camino de noche alejándome de Las Ventas, todavía escuchando ecos de olés en mi memoria, comprendo que para un aficionado los toros nunca terminan realmente cuando se vacía la plaza. Permanecen dentro, mezclados con el ruido de Madrid, con la emoción de la tarde y con esa sensación profunda de haber asistido, aunque solo sea por unas horas, a una ceremonia tan hermosa como trágica.

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