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El análisis de Sergio Mañón
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“Considero la tauromaquia una liturgia porque convierte un acto humano en un rito lleno de símbolos, donde cada gesto, cada silencio y cada movimiento siguen una tradición que busca dar sentido, solemnidad y trascendencia a la relación entre el hombre, el animal y la muerte”. Miguel Angel Moncholi
Hay quien entra por primera vez a una plaza de toros y percibe de inmediato que el ambiente no corresponde al de un espectáculo cualquiera. No es solo expectación: hay una tensión contenida, un silencio que anticipa algo significativo. Es en esa atmósfera donde muchos encuentran sentido a describir la tauromaquia como una forma de liturgia.
Se habla de liturgia porque la tauromaquia comparte elementos estructurales y simbólicos con los rituales: un orden fijo, símbolos reconocibles, roles definidos y una secuencia que se repite con solemnidad. Nada ocurre al azar. Desde el despeje de plaza y el paseíllo hasta los distintos tercios de la lidia, todo responde a un guion preciso. Cada participante —matador, banderilleros, picadores, alguacilillos— cumple una función específica, como si formara parte de una ceremonia cuidadosamente organizada.
El ruedo deja de ser un simple espacio físico para convertirse en un escenario cargado de significado, separado del mundo cotidiano y regido por normas propias. La vestimenta, los gestos, los silencios y la música conforman un lenguaje que se ha transmitido a lo largo del tiempo. Más que un espectáculo, la corrida aparece como un ritual que se ejecuta siguiendo formas heredadas.
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El inicio de este orden se percibe con claridad en la aparición de los alguacilillos. Montados a caballo y vestidos con atuendos que evocan otra época —en México, frecuentemente el traje charro— representan la autoridad dentro de la plaza. Su primera función es el despeje de plaza: recorren el ruedo con firmeza tranquila hasta dejarlo libre, preparado para la lidia. Este gesto, breve pero significativo, transforma el espacio en un territorio exclusivo donde tendrá lugar el encuentro entre el toro y el torero.
Después, se dirigen hacia la presidencia y solicitan simbólicamente la llave de toriles. No es solo un acto práctico, sino un gesto ritual: pedir permiso para que todo comience. La autoridad concede, y con ello se marca el inicio formal de la corrida. En ese momento, el tiempo cotidiano parece quedar suspendido. Su función ha sido cumplida: han servido de puente entre la formalidad del acto y la inminencia de lo que está por suceder. Y aunque su papel es breve, deja tras de sí la sensación de que algo antiguo y preciso acaba de ponerse en marcha.
El paseíllo que sigue no es simplemente una entrada, sino una procesión. Al compás de la música, los toreros, erguidos, avanzan con paso medido, envueltos en el brillo de sus trajes de luces, seguidos por sus cuadrillas. Todo responde a un orden preciso, casi coreografiado. No hay prisa: cada gesto parece cargado de historia y repetición. Caminan despacio, con paso medido, como si cada pisada tuviera un peso ceremonial.
Al finalizar el recorrido, se detienen frente al palco presidencial, se descubren en señal de respeto y saludan a la autoridad. Con ese gesto, la ceremonia queda inaugurada.
A partir de ahí, la corrida se desarrolla en etapas —los tercios— que funcionan como momentos definidos dentro de una estructura invariable. Nada se improvisa en la forma, aunque el resultado siempre sea incierto. Esta combinación de orden y riesgo es fundamental: se sigue un guion conocido para enfrentarse a lo desconocido. En ello radica una de las similitudes más profundas con la liturgia: el orden sirve para dar sentido a lo imprevisible.
En el centro de todo se encuentra el encuentro entre el toro y el torero, cargado de simbolismo. El toro suele interpretarse como una fuerza primaria: la naturaleza, lo indomable, incluso la muerte. El torero, en cambio, encarna el intento humano de imponer forma, inteligencia y belleza sobre ese caos. No se trata solo de una confrontación física, sino de un drama ritualizado que trasciende lo técnico.
La plaza, en este contexto, adquiere un carácter casi sagrado. Se convierte en un espacio aparte, donde rigen códigos propios y donde cada elemento contribuye a elevar la experiencia. El público no es un espectador pasivo: participa como una comunidad que reconoce y valora lo que ocurre, reaccionando según códigos compartidos.
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Diversos autores han intentado captar esta dimensión. Federico García Lorca habló del “duende”, una fuerza misteriosa que aparece cuando el arte alcanza una intensidad profunda. Ernest Hemingway, por su parte, describió la corrida como una forma de arte en la que la vida y la muerte se enfrentan de manera ritualizada. Ambas visiones coinciden en señalar que lo que ocurre en el ruedo no se agota en lo visible.
El momento culminante llega con la estocada. Es el desenlace que concentra todo lo anterior, el acto final que algunos interpretan como un sacrificio. Aquí la comparación con la liturgia se vuelve más evidente: hay una culminación cargada de sentido que da coherencia a todo el proceso. La muerte del toro —y el riesgo real que enfrenta el torero— se percibe como un acto significativo, comparable a ciertos rituales de distintas culturas.
Sin embargo, esta interpretación no es universal. Para algunos, la tauromaquia es una tradición cultural con una fuerte carga simbólica; para otros, es simplemente un espectáculo o una práctica cuestionable desde el punto de vista ético. Llamarla liturgia no implica imponer una visión, sino reconocer que, para ciertos observadores, reúne elementos propios de los rituales: estructura, simbolismo, comunidad, estética y sacrificio.
Quienes la describen de este modo no lo hacen por exageración, sino porque perciben en ella algo más que una sucesión de actos. Ven una forma de ordenar lo incierto, de dar sentido al riesgo y de expresar, a través de un lenguaje heredado, una búsqueda de significado.
Quizá por eso, cuando la corrida termina y la plaza vuelve poco a poco a la normalidad, queda una sensación difícil de nombrar: la impresión de haber asistido no solo a un evento, sino a un rito que, por un instante, suspendió el tiempo y otorgó a lo vivido una profundidad distinta.
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